Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolífica mente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres, y jugaría con más niños, si tuviera otra vez vida por delante.

jueves, 28 de enero de 2010

Ficticiamente real.

La peluquera que me cortó el pelo era rara, apenas entré me miró con ojos de bruja y me dijo: estás listo? Yo le sonreí como le sonrío a la gente cuando no sé qué responder pero me dió miedo, que no era miedo pero se le parecía bastante. Es la segunda vez que me corto el pelo ahí porque es barato y te ponen mucho talco para sacar los pelos y a mí me gusta el cepillito ese que tienen y porque te atienden como si estuvieses yendo a un prostíbulo de esos con escaleras re altas que hay en Lanús y que hay chicas paraguayas que te hablan y no entendés nada pero que son como re trabajadoras y dedicadas. La peluquera también parecía dedicada y cuando le dije que me quería rapar me miró más raro todavía y casi me levanto y me voy pero ya no daba porque habían dos hombres que miraban y tampoco iba a quedar como un cagón por una peluquera que mira raro cuando uno se va a rapar. Así que me quedé sentadito cruzado de manos mientras ella lo preparaba todo y le ponía a la maquinita de cortar el pelo el cosito en el número 4 que es con el que me corto siempre. En la radio estaba sonando una cumbia re linda y re triste y ella la tarareaba. A mí la única cumbia que me gusta es la cumbia santafesina porque me hace acordar a cuando era más chico y los domingos todo el barrio estaba lleno de cumbia y en casa había olor a pinolux y el piso estaba frío porque recién terminaban de limpiar. Los domingos siempre me recuerdan a eso desde entonces, a pinolux y a cumbia santafesina. Y al sol metiéndose despacito por la ventana, chocando con la cortina y alumbrando el piso. Y cómo se llama este cambio? me dijo la peluquera de golpe. La maquinita me estaba retumbando en los oídos como el torno de los dentistas pero igual la escuché y le puse más cara de miedo y le dije que no entendía. Hizo una pausa hasta que apagó la máquina para cortarme un poco con la tijera. Si, me dice, raparse es raro, más en esta época del año. Y tenés cara de enojado. Te estás rapando porque estás enojado, no? Cómo se llama ese enojo? Tragué en seco y me sentí medio desnudo, como cuando uno trata de esconder algo y parece que mientras más lo quiere esconder más se ve. Desnudo y transparente. No tiene nombre, le dije. Y me reí porque ella se rió con cara de no te creo nada. No volvió a preguntar pero siguió tarareando la cumbia y yo seguí pensando en los domingos aquellos en casa. En eso y en el nombre de mi enojo, porque la peluquera bruja tenía razón, aunque yo por miedo y por orgullo le haya dicho que no.